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MIS HISTORIAS

EL RESTAURANTE DE MARCOS

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Diana maría hasta los 25 años tuvo sexo. Y es que para muchas personas tener sexo es experimentar el acto sexual entre dos seres de sexos opuestos o del mismo género. Ella era una mujer “criada a la antigua”, decía. Desde que tuvo “uso de razón”, acompañaba a la tradicional familia a rezar el Rosario día a día y al pueblo solo salían los domingos a la misa en la que se veía a la comunidad ataviada con sus mejores ropajes.

Su primaria la realizó en la escuela rural de la vereda donde vivía y el bachillerato en un colegio internado solo de muchachas y los únicos hombres que visitaban el claustro eran los curas, y de vez en cuando algún funcionario de la institución municipal, o uno que otro donante que llegaba con dádivas para apoyar a las monjas que sometían a un estricto régimen a más de 200 chicas de la región, era prohibido mirar a los ojos a cualquier hombre presente.

Entre avemarías y padrenuestros enfrentó su adolescencia, juventud en que lo más pornográfico que conoció eran los ruidos nocturnos de la cama de sus progenitores cuando se dedicaban a la faena de fabricar sus demás 10 hermanos, y como hermana mayor de todos, casi siempre tuvo que acompañar a la comadrona para atender a su madre en estos menesteres parturientos.

Algunos hombres se interesaron en ella, pero con el carácter de su mamá y papá, salían despavoridos y no volvían. Hasta sus hermanos se metían y la celaban, algo que era normal, porque Diana María era una de las mujeres más asediadas por su belleza en ese pueblo andino.

Ella a ningún macho interesado le “parabas bolas”, de pronto, porque no se había generado ninguna necesidad y lo otro por los discursos de moralismo que a diario le daba su mamá. Poco menstruaba. Me comentó.

Dentro de sus aficiones le gustaba ir en bicicleta al cementerio. En alguna ocasión contó 100 subidas al Campo Santo y oraba por los difuntos, especialmente por los muchos familiares que allí reposaban.

Llegó la hora de darle paso al amor y a la curiosidad. Conoció un tipo de 40 años, ella tenía 25. Él le pidió que tuvieran un romance a escondidas, ella se dejó convencer. El sujeto hablaba más que un perdido cuando aparece. En una de sus tantas salidas el personaje la motivó a que antes de casarse, porque le había prometido que se casarían, “se lo comieran”, ella entendió el mensaje y aceptó. Tuvo su primera relación sexual; el escenario no pudo ser más siniestro, lo hicieron en una caballeriza. El piso lleno de pasto seco amontonado, un colchón poco agradable. El hombre ansioso se olvido de los modales y del romanticismo que debería existir es esta primera oportunidad y solo lo metió casi a las malas, ella solo sintió el dolor naturalmente desconocido por ella. “Echó su polvo” y se bajó, sin ningún otro protocolo se subieron los calzones y ella como si hubiera cometido un grave pecado regreso a su casa a bañarse y a lavar sus prendas íntimas para que no se diera cuenta su mamá de lo acontecido.

Me contó ella que, desde ese día cuando se entregó a su supuesto enamorado no lo volvió a ver. Se fue de la región. Más nunca se supo de él, lo que sí ocurrió fue que por la vereda y el pueblo se comentaba que la hija mayor de don Facundo estaba embarazada y que sin casarse era una afrenta o una vergüenza para tan tradicional y conservadora familia.

La echaron de la casa, con su vientre abultado agarró una pequeña maleta y medio se llenó por la poca ropa que tenía. Se fue a visitar a una prima lejana sin decirle que estaba embarazada. La familiar entendió el tema y le dio posada. Como ella tenía la virtud de cocinar tan bien, se empleó en un restaurante y allí vivió sus dolores en medio de los sabores, antojos, náuseas y agüitas medicinales. Juntó dinero y pagó su parto. Nació un bebé. Lo registró con su apellido. Como su primer evento sexual fue tan traumático, decidió quedarse sola y rechazar toda suerte de invitaciones. Ella seguía siendo bella. Su embarazo no desfiguró su cuerpo y antes bien, sus caderas se crecieron y al carecer de barriga llamaba mucho la atención de los hombres y hasta de dos mujeres que la enamoraron también.

A sus 31 años conoció a un hombre que resultó ser hermano del papá de su primer hijo. Una verdadera coincidencia del destino. Raúl se llamaba. Después de una faena de ruegos, cortejos y regalos por doquiera, Raúl la convenció y se ennoviaron. Por boca de su nuevo amor se enteró que su hijo había quedado huérfano de papá hacía dos años atrás. Lo mataron por rata decía su mismo hermano.

Ella siguió trabajando en el restaurante y Raúl se dedicaba a la construcción como maestro de albañilería. A los dos años de estar de novios decidieron irse a vivir juntos.

Un año después, Diana María estaba pariendo a un nuevo niño. Muy parecido al primero. Su vida sexual era de lo más normal, me insistía en eso cuando conversábamos. Es decir, para nada sentía esas cosas de las que escuchaba hablar a la gente, no obstante, se resignaba pensando que el problema era de ella y no de su pareja. No todas las cosas con Raúl eran color de rosa. Al hombre le gustaba tomar mucho y solía llegar ebrio a la casa casi todos los fines de semana. Ella recordando los consejos de la mamá aprendió a ser tolerante y solo se limitaba a ser una compañera fiel y comprensiva.

Un aciago día, llegó un común amigo al restaurante en plena hora del almuerzo. Ella embolatada en la cocina escuchó la nefasta noticia. Raúl había muerto al caerse de un andamio de unos cinco metros de alto.

Se quedó de nuevo sola. Lloraba su mala suerte, exclamaba. Siguió en su oficio, ya tenía dos hijos por los cuales luchar.

Tres años después de enviudar, un amigo le pintó un negocio para montar su propio restaurante. Lo hicieron. Les iba bien. Un sentimiento más de amistad empezó al germinar entre los dos. Él era casado. Pasó lo que todos sospechaban. Marcos, se llamaba, abandonó a su esposa y se fue a vivir con Diana María. Me dijo ella que Marcos vivía una vida de perros con su mujer y que en muchas ocasiones los vio pelearse en la calle. El tema fue que ella le montó los cachos con un “compadre”, padrino de uno de los hijos de ellos, tenían tres, y eso no lo pudieron superar como matrimonio.

Comenzó una nueva historia de “presunto amor” entre Marcos y Diana María. Otro varoncito se anidó en el vientre de ella. Cuando la exmujer de Marcos se enteró que había preñado a la “moza” como le decía a Diana María, lo esperó una tarde en un sitio por donde siempre pasaba él cuando iba de compras para el restaurante y sin decir una palabra simplemente le asestó una puñalada que le ocasionó la muerte de inmediato. La asesina se fue para la cárcel y sus hijos pequeños aún, los recogió Diana María. El panorama era muy complicado, ver por cinco niños y uno más creciendo en la barriga.

Ella era una mujer luchadora, siempre optimista, lloraba a solas, pero se auto consolaba. En su familia jamás volvieron a preguntar por ella. Siguió con el negocio.

A los 45 años, sus hijos ya grandes eran su soporte sentimental y hasta los más grandes la ayudaban con el restaurante. Todos muy juiciosos, incluidos los que no eran sus propios hijos. Todos le decían mamá. Diana María incluso, iba con los hijos de Marcos a visitar a su mamá a la cárcel. Las dos mujeres no se veían, pero a ella le nacía tener ese gesto con los niños.

A los 15 años de estar cumpliendo la sentencia, la exesposa de Marcos salió de la prisión por buena conducta y por estudiar a distancia. Se graduó como administradora de empresas.

Por esas cosas extrañas de la vida, que son difíciles de entender, Diana María y Josefina, la ex de Marcos, terminaron siendo amigas, sin rencores. Josefina agradecida con Diana María por haber criado a sus hijos, tomó la decisión de invertir el dinero de una herencia en la empresa de Diana María. Ella accedió. Ese fue el nacimiento del famoso “Restaurante de Marcos”, claro, no se llamaba así antes, pero en la sociedad lo bautizaron con ese nombre.

Diana María y Josefina, empresarias, exitosas, con seis hijos hermosos, todos hombres, ahora son una reconocida pareja. Se casaron. “Lo que nunca sentí y conocí de la sexualidad ahora sí lo siento. En ese tema mi Josefina es lo mejor que me ha pasado…”, me dijo ella mientras compartía un café conmigo en una de esas tardes en las que el cielo no se pone de acuerdo si llueve o no.

AMESDI SOMBRA

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MIS HISTORIAS

JUSTO RECLAMO

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¿Con quién debía echar su amor a suertes?  ¿Cómo es que debía abordarlo para retarlo? ¿Podía yo acicatear mi voluntad para que desistiera de ella? Es que mi corazón indino creía que iba a poder conquistarla sin problemas…

Me dijo que yo era su rival a vencer… ¡Maldito!, me gritaba… Si no supiera yo que se la pasaba holgazaneando por ahí y por allá por mis quehaceres…

Visité a Ruby en su casa y esa noche me enteré de su embarazo.

Nuestra conversación fue tensa.

  • ¡Eres un facilista! ¿Qué no lo entiendes?
  • No lo entiendo., repliqué…
  • ¿Qué futuro me puedes dar?, pregunta difícil de responder.
  • O ¿Me vas a decir que con el pinche programa crossover que tiene en esa emisora perrata de radio me vas a brindar todo lo que necesito?, justo reclamo.
  • ¿O es que un pobre amateur que no tiene más que ganas de sexo, sexo, sexo, sexo y sexo, me puede dar un mañana feliz?, duras palabras…
  • Te estás pasando de procacidad… No me digas eso.
  •  Eres lo peor que me pudo pasar ¿Qué no ves que tú eres como los hidroideos? ¡Me comerás poco a poco hasta acabarme!
  •  ¿Por qué estás tan segura?”, quise saber.
  • Porque contigo padezco anhedonía…
  • ¿En serio?
  • ¡Claro que sí! ¡Mírate en un espejo, estás envejeciendo antes de tiempo!
  • ¿Me lo juras?, reclamé. ¡Pero es que te amo!, le dije mientras miraba la gente pasar alrededor.
  • ¿Me amas dices? Yo nada siento por ti.  ¿Cómo se puede amar a un tipo que solo me ha traído ruina? ¿Cómo me voy a pegar de un sujeto que tiene más secretos que las pirámides de Teotihuacán? Eres el colmo de la minusvalía…
  • ¡No necesitas ser tan dura conmigo mujer y menos tan filosófica!
  • ¿Ahora te defiendes después de todo lo que me has hecho?
  • ¿Y según tú qué te he hecho?
  • Estoy esperando un hijo de ti y nada de lo que me digas de ahora en adelante hará que yo te ame…
  • Pero, ¿Cómo te dejaste preñar de un degenerado como yo según tú dices?
  • Fácil, le abrí las piernas al peor…
  • No seas tan vulgar. Yo no te puse ninguna pistola, ni te drogué para que nos revolcáramos en tu cama…
  • Sí. Eso es verdad, pero fue un error todo eso que pasó.
  • ¿Un error? Error es cuando las cosas ocurren una vez y uno se arrepiente, pero los dos nos hemos acostado muchas veces…
  • Tres meses y ahora estoy embarazada de la escoria más grande del mundo… Al gritarme estas duras palabras empezó a llorar.
  •  ¿Y por qué lloras? Yo jamás te dejaré sola, aunque sé que del todo no has sido honesta. ¿Acaso no sé que te sigues viendo con tu noviecito de siempre?
  • Eso es problema mío no tuyo en eso no te metas…
  • ¿Y si el hijo que esperas no es mío?
  • ¡Estúpido! Con él hace cuatro meses que no me veo. Y con él me acosté justo esa noche cuando se fue de viaje y más nunca ha regresado.
  • Pero siguen conectados por WhatsApp y me imagino que continúan mandándose fotos empelotos como te gusta llamar la atención, o ¿me lo vas a negar?
  • Lo que haga con mi cuerpo es mi problema, no es el suyo, ¡En eso no te metas imbécil!
  • ¿Aún lo amas?
  • ¡Sí! Por eso me arrepiento de haber estado contigo. Tu no le llegas ni a los pañales y ahora ya no tengo ni esperanzas de volver con él. ¿Sabes qué? ¡Vete, vete, no quiero hablar más contigo, vete ya!
  • Si estamos esperando un bebé ¿Por qué no intentamos estar juntos?
  • Simple. Porque yo no te amo, no siento nada por ti, lo nuestro fue solo sexo y de mi parte fue un maldito intento por olvidarme de él, pero no lo logré. Ahora preñada no sé qué hacer…
  • ¿Acaso piensas en abortar?
  • ¡Sí!, eso es lo que haré…
  • No estoy de acuerdo. Eso sería una locura más. Le dije mientras intentaba abrazarla y secar sus lágrimas. No se dejaba tocar.
  • Tú sabes que yo estoy enamorado de ti y ahora si vas a tener un hijo mío mucho más…
  • No te creo ni me interesa, solo sé que no voy a tener un hijo suyo, eso jamás. Vete ya o llamo a la policía y te acuso que me estás maltratando…
  • Está bien, me voy, pero te pido por favor que lo pienses, sé que no puedo ofrecerte por ahora lo que necesitas, pero lo podemos intentar…
  • Lo único que te pido es plata para abortar…
  • Si ya tienes tres meses, ¿Por qué hasta ahora me dices que estas embarazada?
  • ¡Maldito!, porque pensé que era un retraso normal, ya en otras oportunidades me había pasado, pero esta vez sí estoy preñada y repito, no lo quiero tener y menos de ti.
  • Yo estoy en contra del aborto y no te daré dinero para que hagas esa locura.
  • ¿Locura dices maldito? Locura es parirle a una porquería de hombre como tú…
  • ¿Porquería, por qué? ¿Porque te amo? ¿Porque estoy luchando por convencerte que mi amor es real y que estoy dispuesto a estar contigo siempre y jamás dejarte sola?
  • ¡No me digas más estupideces y vete ya!
  • Solo dígame una razón que de verdad justifique el que no quieras estar conmigo y ahora más con un hijo de por medio…
  • Te la diré. Tu res el hombre más puto del pueblo. Te has culiado a medio pueblo. Todas las viejas y hasta los hombres hablan de ti. No respetas a nadie…
  • Esos son solo chismes, gente que inventa de todo con tal de joderlo a uno. Le dije tratando de acercarme nuevamente a ella.
  • ¿Chismes? Como algunas amiguitas suyas no saben que también me estaba revolcando con usted me han contado todo lo que con ellas haces. Eres una porquería de la que no quiero volver a saber nunca. Ahora tienes que ayudarme a salir de este problema. ¡Degenerado!  ¡Vete ya!
  • Digamos que en parte tienes razón, pero estoy dispuesto a estar solo contigo, serte fiel y responder por nuestro hijo.
  • No me interesa tener hijos y menos de un ser tan despreciable como tu…

Después de gritarme otros cuantos insultos cerró la puerta y yo decidí marcharme. Caminé hasta el bar “El Recuerdo” a tomarme unas cuantas cervezas.

Mientras escuchaba la romántica melodía de Los Chiches del Vallenato y su canción “Ceniza Fría”, se me acercó “Pachito”, un viejo amigo y me acompañó con una espumosa. Le conté lo que acababa de vivir con Ruby.

  • Uy hermano, ese tema es jodido. Me expresó mientras desocupaba una botella.
  • Sí manito, no sé qué hacer para convencerla que me gustaría vivir con ella. Yo siento cosas bacanas por Ruby y me quiero dar una oportunidad en serio con ella.
  • Ay amigo, y cómo vas a hacer con sus otras novias? Ja, ja, ja, porque se le puede formar un rollo.
  • Con ninguna tengo nada en serio. Solamente que con ese tema del embarazo de Ruby las cosas cambian.
  • No sé qué decirte amigo. ¿Y mi prima Yesenia?
  • ¿Yesenia? Y ¿qué pasa con ella?
  • Ella me contó que anda ilusionada contigo. Pero así deben estar las otras. Eres un tumbalocas amigo y un día de estos te van a joder todas esas viejas.
  • Ja, ja, ja, ja, no creo Pachito, eso todas se acomodan después.

Luego de un par de birras mi amigo se marchó, porque su mujer le armaba zafarrancho cuando llegaba después de las nueve de la noche a la casa, eso me dijo antes de irse.

Ya con ganas de irme a el apartamento a descansar, se apareció en la escena una amiga. Andreina. La noté triste. La invité a sentarse. Aceptó beber conmigo.

  • ¿Qué tienes que te veo como baja de nota?
  • Acabo de pelear con Manuel.
  • ¡Jum! Ustedes viven de pelea en pelea. Eso no es nada nuevo. Y ahora ¿Qué pasó?
  • Lo mismo de siempre, esos putos celos que no lo dejan vivir en paz. A todas horas me pone mozos y esa mierda cansa.
  • Si las vainas son así, ¿para qué sigues viviendo con él?
  • Pendeja que soy. Me vine para acá porque no quiero llegar a la casa. Le quiero dar una lección. Yo nunca le he sido infiel. Pero estoy mamada de lo mismo.
  • Me imagino que hoy dormirás donde tu mamá.
  • No sé… No quiero involucrarla a ella con mis problemas. Tampoco llamaré a alguna de mis amigas para que me de posada.
  • Si es por donde dormir, se puede quedar en mi apartamento. Por mí no hay problema.
  • ¿En serio? Si sus novias se enteran me matan jajajaja.
  •  Eso no importa. Corro el riesgo.

Compre una botella de ron y salimos. Andreina se montó sin ningún miramiento a mi motocicleta y llegamos antes de la media noche.  Ya en el apartamento, colocamos música, nos bebimos la botella y entre charla, chistes y demás, nos pegamos la tirada más intensa del mundo. Inolvidable. De esas calenturas que entre mi amiga y yo algún día sabía que iban a ocurrir.

Cuando despertamos encendí la radio para escuchar las noticias locales. Andreina se metió a la regadera y al mismo tiempo que escuchaba caer el agua, las informaciones contaban que fue encontrada suspendida de una cuerda una mujer. Esa mujer era Ruby. Se ahorcó.

AMESDI SOMBRA

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ALIAS MARITZA

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Ese día no hubo papayera, ni concertistas, ni un séquito distinto al que humildemente acompañó su yerto cuerpo hasta el enmontado cementerio municipal.

Un 8 de marzo, justamente Día Internacional de la Mujer, alias Maritza, murió en un enfrentamiento militar ocurrido entre dos frentes de las guerrillas que se disputaban el control de las rutas del narcotráfico en una de las fronteras colombianas con Venezuela.

Su cuerpo, desmigajado por la ráfaga de metralla, quedó expuesto en la sabana durante unos días debido a que las comisiones encargadas de recoger los desastres de esa guerra se demoraron en llegar por el miedo a las represalias propias en esa confrontación que ponía los muertos no merecederos de un digno final.

Ella, junto a una decena mas de combatientes, fueron el festín de los chulos y otros animales que fueron invitados de ocasión a consumir sus carnes mientras se desvanecían en el proceso de putrefacción.

Los despojos de su cuerpo finalmente fueron recogidos por los trabajadores de una funeraria que hicieron esfuerzos ingentes intentando reconstruir lo que quedó de alias Maritza, una joven subversiva que a sus 25 años fue víctima de las mismas balas con las que por más de diez años combatió al ejército, a la policía y a los demás grupos subversivos y delincuencia común que intentaban controlar también el negocio de la mafia.

Alias Maritza siempre relataba en los campamentos la forma como fue violada a sus doce años por un par de tipos que hacía poco tiempo habían llegado a la zona y que trabajaban en una finca vecina. Ella vivía en la casa de su abuela materna, en la misma vereda donde había nacido en medio de la pobreza que imperaba en todas las familias de esa vasta región azotada por la violencia.

Contaba el suceso con lujo de detalles y jamás cambió su versión. Una noche, ante la mirada curiosa de otras jóvenes guerrilleras recientemente ingresadas a las filas, contó que ese día cuando fue abusada, estaba sola en el rancho lavando las ollas y los demás corotos de la cocina, escuchó ladrar a los perros al notar la presencia de los inesperados visitantes, salió al patio para verificar quienes habían llegado y vio a dos hombres que antes había visto vigiando en los potreros de la casa. Al comienzo no sintió ningún temor ya que era muy normal que la gente se visitara y pasara a tomar café donde los vecinos. Los manes se sentaron en las únicas dos sillas que había en el comedor viejo que había hecho el abuelo y le pidieron café. Ella sin ninguna clase de temores, coló un poco, porque ya no quedaba mucho en el pote plástico y debía ahorrarlo para cuando llegaran sus abuelos del pueblo.

El par de sujetos, campesinos curtidos por los oficios del llano, toscos y hediondos, no esperaron a que estuviera el tinto y se metieron a la cocina. Uno de ellos la agarró por detrás y como si fuera una muñeca de trapo, la sacaron para luego meterla en la habitación de los abuelos. De nada valió gritar, porque los ranchos vecinos quedaban muy lejos y aunque eran alaridos llenos de miedo y lágrimas nada consiguió. Igual no pudo seguir gritando, la silenciaron con un coñazo que le dieron en la cara quedando casi desmayada. Y así continúo su relato, “… me quitaron la ropa, yo pataleaba, pero esos hijueputas eran muy fuertes y empezaron a hacer lo que ya tenían planeado. Me arrancaron los chiros que tenía y se empelotaron completamente. Esos degenerados hicieron de todo conmigo, me rompieron todo, se turnaban. Me amarraron las manos al cabecero de la cama y boca arriba me dieron machete hasta que explotaron, después me soltaron y me amarraron boca abajo y siguieron con la tortura, más de dos horas viviendo momentos de horror y demasiado dolor. Hasta que finalmente se cansaron. Se vistieron y uno de ellos me clavó un cuchillo por la espalda y me dejaron ahí amarrada, desangrándome. Se fueron corriendo. Yo perdí el conocimiento y como a los ocho días volví a abrir los ojos en un hospital. Cuando llegaron mis abuelos al rancho y descubrieron mi cuerpo bañado en sangre, me envolvieron con las cobijas que tenía la nona en un cajón, me llevaron al hospital del pueblo que quedaba a unas dos horas de camino. Sobreviví por milagro de Dios. Conté entonces a las autoridades del monte quienes eran los que me había violado e intentado matarme. Los buscaron, pero ya no estaban en la región. Estaban plenamente identificados. Huyeron a Venezuela y se cambiaron el nombre. Entonces, con esa carga de rabia que tenía, me metí a la guerrilla. Los buscamos hasta por debajo de la tierra. Cinco años después los encontramos. Yo misma hice justicia. Fueron mis primeros muertos. Con la ayuda de otras compañeras, los hice sentir dolores peores, tal vez, a los que yo padecí mientras fui víctima de su crimen. Un día completo de tortura y gritos. Los matamos a pedacitos. Les corté sus miembros y se los hice tragar. Los amarramos al piso tal y como a mí me amarraron a la cama. Les metimos ásperos palos por esos culos. Estaba enceguecida, mi deseo de venganza era tan grande que entre más los hacía sufrir menos satisfecha quedaba. Quería más dolor, más gritos, más súplicas. Terminé llorando de bronca. Les rociamos gasolina y aún vivos los quemamos. Esperamos pacientes hasta que solo quedaron los huesos. Sus esqueletos los amarramos a los árboles para que la gente que atravesaba esos caminos los vieran y supieran que la niña que fue violada cobró por su cuenta la deuda…”.

Alias Maritza jamás fue feliz. Se dedicó a los oficios propios de la guerrilla. Las heridas de su alma nunca cicatrizaron. Le arrebataron su inocencia y cargó su corazón lleno de dolor hasta su misma muerte.

Los de la funeraria recogieron lo que quedó de su cuerpo, como finos artesanos, remendaron su rostro y la metieron en un cajón. Los abuelos lloraron amargamente sobre su féretro. Le dieron cristiana sepultura. Un entierro solitario. Una historia más de las tantas que se relatan en los campos donde la guerra es el pan de cada día desde que amanece hasta que anochece… AMESDI SOMBRA

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GYSOMI

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… Recuerdo que eran, algo así, como las nueve de la noche, o ¿más tarde? Ya ni me acuerdo. A pesar de la insistencia de mi amigo Mauro porque nos quedáramos un poco más en la calle y que buscáramos un sitio donde encontráramos “nenas”.

Yo seguía pensando en que ya era hora de que nos fuéramos cada uno para su cueva. El día lo habíamos invertido juntos en un pocotón de vainas con un poco de amigos y amigas, hicimos compras… en fin, güevonadas de solteros…

Por cosas de esas que tiene la vida, cambiamos de parecer y nos metimos en uno de esos tantos huecos que ofrecen música y diversión en un hermoso pueblo colonial de Santander.

En mi cabeza ya se habían paseado muchas cervezas, o sea no estaba del todo lúcido, y si encima le sumo que por mi cerebro de beodo se paseaban algunas muy interesantes mujeres, entre ellas Tati, la misma Tati de los bellos rizos, de la sonrisa amplia, la misma Tati que se muerde los labios cada que disfraza una mentira con algo de verdad.

Entre ellas a Rosita que en las sábanas actuaba como la mejor estrella circense, se arriesgaba y lo lograba, tantas veces lo quería, tantas veces lo tenía, esa Rosita que me hacía sentir como un artículo sexual más, ¿El preferido? Decía que sí… No le creí jamás.

Entre ellas Geña… Todo y … nada. Linda… Vacía. ¿Geña? Una vida con todo, sin problemas… sin sueños… sólo droga, sexo y mucho dormir… En fin, de ella de rescatar que era muy linda y nada más.

Entre ellas las demás que, aunque distintas las unas de la otras, en síntesis: mujeres con todo y tragedias juntas, con todo y banalidades juntas…

Sumaba a mi vida, esa noche, la única razón válida para vivir: mi hija de diez años.

No obstante, seguía vacío y sin deseos de “rumbear” más de lo que ya se había rumbeado durante el día.

Mauro, el mismo Mauro de siempre, mi único amigo. Con su mamadera de gallo logró que una mujer que departía junto a otra en ese lugar, saliera a bailar con él. La otra mujer que quedó sola en su mesa, la que podía ver no con mucha claridad por lo de la nocturnidad, se le veía interesante… solitaria, algo ajena, algo tensa, algo… rara.

Cuando volvió Mauro a mi mesa le pedí que le propusiera al par de mujeres de la otra mesa que nos permitieran acompañarlas.

En sólo un par de minutos ya estábamos junto a ellas. Entonces lo poco que veía de la mujer solitaria, rara, se me pintó distinto, no era rara, solamente solitaria, ajena y bella.

Gysomi y su amiga Margaret. Gysomi… Alguien frágil, de piel suave y de corazón, Pa´ saberse…

Gysomi, solo me bastó bailar con ella un par de canciones para darme cuenta que ella era más que una simple mujer que junto a una amiga planearon un rato de des-aburrimiento en ese lugar que, aunque llamativo no dejaba más que pensar que era un sitio en donde se pretendía una salida a la felicidad solo a través de querer esconderse de las tristezas mientras se bebe una cerveza.

Gysomi, y quien lo creyera, alguien más que solo una mujer bonita, alguien que no pudo pasar desapercibida por mi lente enamorado. ¡Que va! Cual lente enamorado, si el amor no se lleva a esas discos tabernas, se descubre por accidente y se encuentra si no se busca.

Gysomi, y, sin embargo, entre más trataba de verla como a una más de ese montón que desandaban por ahí, de las que buscaban una supuesta respuesta a esas preguntas que la vida les formula y que ni ellas saben preguntar, la seguía viendo como una dama interesante…

Era, Gysomi, una simple monacha, alta, esbelta, de sonrisa media, de ojos entre obscuros y claros, entre tiernos y distantes, de esos ojos que cuando miran no están mirando y que cuando no miran están sacando radiografías del alma de los que puede poseer, Gysomi un cuerpo tan perfecto que bien podría desfilar en las pasarelas más exigentes…

Gysomi, solo me acordaba de su nombre y eso porque me permitió grabar en mi celular su nombre y número telefónico.

Un día después, aparecieron las preguntas: ¿Por qué en vez de llamar a Tati al medio día, llamé a Gysomi? ¿Por qué son las diez de la noche y yo sigo pensando en Gysomi? ¿Por qué no llame a Tati si era la rutina? Ah, ya, era la rutina… nada que hacer, pero ¿Por qué Gysomi? Acaso ¿qué? ¡Jum! Maricadas que uno no entiende… o mejor, no quiero entender…

Gysomi, era un sueño bonito… Un sueño de esos que uno sueña con ganas, con el alma, con la carne, con la fiebre de esas que se sale por un pequeño agujero si se sabe bailar el mapalé de la piel y el sudor.

Gysomi, esa noche ni siquiera detallé su cuerpo, solo su rostro, su voz… Aunque fue poca su voz porque yo hablo más que un perdido cuando aparece y casi no dejo hablar, lo reconozco.

Gysomi… con miedo de que su exmarido (que aún la perseguía), la encontrara allí esa noche, en ese lugar, en compañía de otro hombre, o sea yo… que bueno… yo, motivo por el cual una mujer teme que alguien (su marido) le haga un escándalo. Interesante.

Por fin se me podría dar una faena de esas en las que uno sin deber nada, sin tener nada, sin hacer nada y sin conocer a nadie, termina volteándose a golpes con otro por el sólo placer de sentir la sangre que sale a cántaros cuando se quiere escapar por los poros.

Bailamos un poco más y la amenaza pasó, no hubo bonche, no hubo tensión, no hubo nada, el man no apareció y yo me di el gusto de apechichar esa hermosa mujer contra mi medio obeso cuerpo con la excusa de bailar un vallenato.

Gysomi… ¿Sería verdad tanta belleza?

A los dos días, a Gysomi la atropelló un vehículo mientras cruzaba la calle después de dejar a su hijo en la escuela. Murió en el sitio.

AMESDI SOMBRA

En uno de esos días en los que no comprendo lo que siento, pero siento lo que no comprendo.

Noviembre 15 de 2004.

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